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PARA EL EJERCITO ZAPATISTA DE LIBERACION NACIONAL

Desde la ventana que me concede la vista de esta ciudad prestada veo a los niños, los autos, los buses, los días pasar, y desde la desesperanza o la crudeza, me parece, van a ninguna parte. Al igual que siento, voy yo. Después de escuchar La sexta con “ La luz y la Sombra” por el que fuera el Subcomandante Insurgente Marcos, mis horas caminan sin rumbo y la intención de todo lo pendiente parece desorientada; la ida y la vuelta a la farmacia, el horario de las medicinas, la edición de fotos, la ortografía, la poesía toda, se quiebra ante mis ojos.

¿Será que en esta realidad, en la que me toca aliviar un temblor de manos, desinfectar las heridas de un dolor interno que arde por fuera, vigilar que la sangre habite las venas y seguir el hilo de pensamiento de uno y de otro es hoy todo más vano que ayer?

Desde las lluvias de una isla perdida y desde las nieves polares del medio oeste que no sentía tan fuertemente que mis huesos reposaban en la cama equivocada o que mi nombre era llamado en otra calle, no la mía.

¿Será pura vanidad esto de pensar que la rutina que sostengo o lo que sostengo para que exista la rutina y su predecible tranquilidad no me bastan? Puede ser, pero los esfuerzos individuales, por honestos que sean, hoy me parecen minúsculos, perdidos en la magnitud de tanta necesidad de cambiar tanto.

El té en la orilla del escritorio y el escritorio en sí, me duelen hoy y más me duele haberme acostumbrado a ellos, como si fueran una condición sine qua non de mi cotidiano.

Quizás me pasa como a muchos y estoy fallando en entender que todos podemos ser todos, por eso no importa desde donde luchemos, mientras luchemos. Que todos podemos ser el joven que dispara a quemarropa, con el permiso de una nación y también el transeúnte que pasaba por los designios de esa vida y esa muerte. Que todos podemos ser el prisionero, el presidio, el castigo o el castigador, dependiendo desde nos paremos y de nuestra acción u omisión. Quizás me pasa como a algunos y me avergüenzo al sentir que no hago suficiente por no ser el conquistador, la inyección letal, los dolores de la tortura, el silencio de los que saben dónde están, la brutalidad policial.

Todos quisimos ser Marcos y quizás hasta algunas veces lo fuimos. Quisimos serlo porque pudimos creer, aunque fuera por un segundo, que era posible cambiar el ejercicio de la palabra por la palabra en ejercicio. Seguramente también creímos, porque creer en otro se ha hecho más fácil que creer en nosotros mismos. Sea por lo que sea, pienso que admiramos al vocero y al hombre detrás de la máscara porque supo traducir los sonidos de la Selva Lacandona a aquellos que no hablábamos tzotzil, ni Lacandón, ni otras lenguas Mayenses y mucho menos el lenguaje del silencio, porque hemos olvidado mirarnos en el espejo ancestral de la noche.

Todos fuimos Marcos y su discurso, pero ya que desde su propia elocuencia, dice que sus palabras no son solo de él, pero también de la fuerza que lo rodea, podemos decir hoy, que todos somos Galeano, que todos somos Moisés, que todos somos Chiapas o que podemos serlo.

Entiendo que a cada uno nos toca trabajar en diferentes frentes; a algunos en las aulas, en las cortes, en los escritorios, en los muros, y a otros en La Realidad. Ustedes me dirán entonces para que soy útil, subcomandante anónima, subcomandante Moisés, Subcomandante Galeano, yo, que camino por la vida a la luz y la sombra de los privilegios no merecidos del mestizaje, los privilegios no merecidos de la ley de inmigración, con nombre, pasaporte y con el rostro descubierto.

Ximena Soza, desde este norte, que antes fue sur.