“En Anenecuilco se abre, como una herida, la historia del país”, escribió Gastón García Cantú en Utopías mexicanas. Media década después, en Xochicalco se reafirmó la reiteración del agravio como política hacia el peladaje. En el Amilcingo de hoy se mostró, en blanco y negro, no sólo que la herida original no ha cicatrizado, sino que se ha hecho más profunda y dolorosa.

Son las sombras de la historia regional como ventanas para asomarse a la tragedia de la República; el proyecto de Zapata convertido en proyecto nacional. Anenecuilco, Xochicalco y Amilcingo son comunidades del estado de Morelos en que se resumen los sueños, a un tiempo modestos y profundos, de los hombres del campo y las traiciones de que han sido objeto, mucho más allá de Morelos.

En Anenecuilco nació Emiliano Zapata. Allí se incubó, entre el verano de 1914 y el verano de 1915, al calor de la lucha revolucionaria alimentada por la aceptación de las tradiciones compartidas, una moderna utopía hecha realidad: lo que Adolfo Gilly bautizó como la Comuna de Morelos. Un ensayo de reforma agraria genuina desde abajo, autodefensa armada y autogobierno campesino-indígena. Fieles a sus raíces, los pueblos reconquistaron tierra, agua y bosques; recuperaron su territorio y sembraron los cultivos asociados a la comunidad que anhelaban y, encarrerados, reinventaron su sociedad. En un ejercicio de innovación de la memoria, mantuvieron viva su identidad y la legitimidad de sus anhelos.

En Xochicalco –canta José de Moli­na– grita la tierra, herida por un cu­chi­llo. Lo que le duele en el vientre, la muerte de Jaramillo. En la oscuridad y la traición, soldados de línea, vestidos de campesinos asesinaron a Rubén y a los suyos: su esposa Epifania y sus hijos Ricardo, Filemón y Enrique.

El sucesor de la causa zapatista, que combinó lucha armada, electoral y toma de tierras, defendía los empeños campesinos e indígenas, pero también apoyaba proyectos que pudieran dar trabajo a la población, organizada en cooperativas.

Aún no se había secado la sangre de sus ejecuciones, cuando un campesino morelense le contó a Carlos Fuentes: La muerte de los cinco jaramillos fue el mejor abono para la vida y la acción de 500, de 5 mil nuevos jaramillos. Se murió el jefe. Ahora todos somos jaramillos.

En Amilcingo nació, el 18 de diciembre de 1946, y vivió hasta que sus padres se separaron en 1959, para regresar varias veces, Vinh Flores Laureano. Él fue un incansable héroe local que recorrió los pueblos de la región; defendió los de­rechos de los campesinos y, bajo la di­visa zapatista de educación para el pueblo, fundó con sus compañeros, instituciones educativas como la Normal Rural Emiliano Zapata de Amilcingo (la última de este tipo), el CBTA de Temoac, la secundaria de Xalostoc. Su papel fue clave en la lucha por el reconocimiento del municipio de Temoac (https://bit.ly/3qGe6I6).

Vinh participó activamente en las Juventudes Comunistas y fue dirigente nacional juvenil de la Central Campesina Independiente, ligada al partido de la hoz y el martillo. Se formó en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y pagó muy cara la osadía de desafiar al gobierno y animar la efervescencia rebelde de las comunidades del oriente de Morelos. El 6 de septiembre de 1976, fue torturado y asesinado, junto a su tío Enrique Flores, en la montaña de Tepexco, Puebla.

En Amilcingo también, el 20 de febrero de hace dos años, un grupo de pistoleros le quitó la vida a Samir Flores Soberanes, sobrino de Vinh Flores, indígena nahua, fundador de Radio Amiltzinko, herrero, cultivador orgánico de amaranto, opositor al Proyecto Integral Morelos (PIM) y rebelde contra las fatalidades de la sumisión (https://bit.ly/3ue3nXn).

Si las aguas de los insurgentes de Ayala se convirtieron en caudaloso torrente al grito de ¡Abajo haciendas! ¡Viva pueblos, la lucha de Samir por la continuidad y permanencia comunitaria, y por el respeto al derecho a decidir cómo vivir, se volvió multitud con la demanda de ¡Abajo el PIM! ¡Viva pueblos!

La resistencia, alimentada por Radio Amiltzinko, que comenzó como mo­desto altavoz y se convirtió en la estación 100.7 FM, abrió el camino a la reconstitución comunitaria. La emisora tiene el sello inconfundible de su obra.

Dotado de una formidable capacidad de escucha, Samir Flores fue, como Zapata, Jaramillo o Vinh, hombre de los pueblos de Morelos. Vivió el orgullo y el dolor de sus gentes, defendió sus raíces culturales amenazadas por el despojo que camina de la mano de los grandes negocios. Como ellos, fue sacrificado impune y cobardemente. Al igual que ellos, vive después de muerto en el corazón del pueblo.

El zapatismo de las comunidades morelenses no es nostalgia por los tiempos idos, sino paciente espera de –como señala Carlos Fuentes– la llegada de su tiempo, el tiempo original de sus deseos. No es un pasado enterrado, sino una fuerza constituyente contemporánea, que rechaza vivir como sobrantes humanos y reivindica la lucha por la vida conservando sus tierras, sus aguas y sus modos de coexistir y acordar sobre todo aquello que los afectan.

El legado de Samir, recordado el pa­sado 20 de febrero en las más distintas geografías del planeta, desde los cara­co­les zapatistas hasta Copenhague o Barcelona, nos recuerda que en Amilcingo se abre hoy, como una herida –al igual que ayer en Anenecuilco–, la historia del país.