Se completaron DOS MESES de digna rebeldía en las calles, de resistencia organizada por el pueblo y para el cambio… Colombia se cansó de la opresión histórica, la inequidad, la mentira, la guerra y la muerte… Colombia se levantó porque despertó y se empoderó desde el cuidado colectivo… Nunca olvidaremos… Siempre recordaremos… Nos dimos cuenta que es estando juntxs, todas y todos en nuestra diversidad, que lograremos cambiar este país!

Luego de dos meses, del 28A al 28J, seguimos unidxs, fortalecidxs, organizándonos en todos los lugares, desde la casa hasta los espacios asamblearios de los puntos, barrios, cuidades…

Hagamos parte de este cambio, es por todxs lxs que se fueron antes de ver la transformación o que no han regresado a casa, es por los derechos de todas y todos, es por nuestrxs hijxs, por los sueños de un territorio en paz y con dignidad:

Y, después de todo, ¿cómo es, cómo sería, Puerto Resistencia?

Cómo empezar esta pequeña historia, dentro de la gran estructura narrativa llamada Paro Nacional 2021 en Cali. ¿Qué contar que no haya sido ya contado, gritado y denunciado?. En las últimas semanas hemos sido testigxs de episodios de violencia generalizada que nos hacen recordar otras épocas que se pretendían ya muertas en el país. Y nos entristece pensar que el sentimiento de cansancio y hastío de una generación de jóvenes y recién ingresadxs a eso que llaman “adultez” ha generado tanta barbarie. Nos duele que se haya desplegado tanta violencia ante las personas que tienen la sensación de que no hay justicia, ni pan, ni salud… no hay respeto a la vida, ni a la opinión disonante… no hay futuro.

En algún lugar leímos alguna vez que cuando se siente tristeza, el plexo solar, esa ramificación de nervios que tenemos en el tórax y que asemeja a una galaxia en expansión, provoca una sensación de dolor físico sobre el pecho, una sensación de vacío en el estómago, y nos da vértigo cuando la emoción nos abruma. Ya vemos que esa frase de “nos duele el pecho de la tristeza”, tiene su basamento científico después de todo.

Nos duele el pecho que ante la esperanza, la utopía, la solidaridad y la belleza de este pueblo, hayan desatado tanta violencia institucional que justifica otro tipo de violencias ya naturalizadas: civiles disparando desde camionetas y motos, desaparición forzada, mujeres violentadas, madres desesperadas, barrios, veredas y ciudades enteras asoladas por una barbarie de sangre que no entendemos bien de dónde viene.

¿Cómo le hacemos frente a esto ahora? Es una pregunta que nos ronda la cabeza desde hace días, semanas. Muchas parecen ser las fórmulas, algunas parecen esconder retiradas y derrotas, otras nos suenan razonables y las celebramos, otras no parecen soluciones de ningún tipo. Lo que sí es seguro es que no podemos seguir apostándole a un centralismo de las respuestas. Es la intuición que hemos venido recogiendo en varios puntos: ningún lugar es igual a otro, ninguna reivindicación puede pretender unificar a las otras. Todos los territorios son diferentes y merecen ser escuchados de manera diferenciada. Todas las historias son válidas y no hay réplicas únicas para darles a esos miles de oídos desvalidos y atormentados.

Este pequeño escrito pretende enfrascarse en esa reflexión, sin querer dar soluciones (porque no las damos) o respuestas finales ante tanta zozobra. Es una crónica, somera y sin ínfulas de exactitud, sobre pequeños sucesos que ocurrieron la semana pasada -del jueves 10 al martes 15 de junio- en Puerto Resistencia y algunos otros puntos en Cali; una crónica que habla desde el vacío en el estómago y el dolor en el pecho, desde el vértigo que nos han producido estos casi dos meses de resistencia barrial y callejera. No nos gusta el periodismo que sólo recoge datos y cifras, que acumula chivas noticiosas y va dejando huecos sin rellenar, preguntas sin responder y necesidades urgentes de la gente sin problematizar. Creemos firmemente, y don Jose Alberto Tejada es un claro exponente de ello, que en este país el periodismo debe ser político y afirmarlo claramente y sin miedo, tomar partido, buscar soluciones, proponer caminos, ser activo, no neutral u objetivo. Debe ser un periodismo desde la gente y para la gente. Eso nos gusta más y nos perdonarán si esta crónica tiene mucho de eso y poco de objetividad.

Por ende, les pedimos que nos disculpen si no ven aquí una denuncia a la delincuencia en los barrios “que ha provocado el Paro”, o si no ven aquí la queja de ciudadanos por la movilidad y la escasez de alimentos, o de los empresarios por no poder trabajar. ¿Que han habido ataques a la Policía, a bancos y estaciones de transporte público? Sí, los ha habido. ¿Que han habido casos poco esclarecidos sobre distintas confrontaciones internas entre muchachxs y bandas en los puntos? Sí, también ha habido eso. Pero no hablará esta crónica sobre todo aquello, porque no es eso lo único que deja el Paro Nacional después de 60 días. Para eso están RCN y Caracol, expertos en mostrar “lo decadentes” que son los barrios populares, pero “lo bien que está el país”, lo sabroso que juega Cuadrado o lo áspero que pedalea Bernal en el Giro. ¿Que estamos parcializadxs en nuestra narrativa? Sí. ¿Que idealizamos la movilización y el Paro? Lo hacemos, aunque no desconocemos las riñas internas que han habido, los encontronazos entre colectivos y organizaciones, los tropeles entre lxs pela’xs en el pedazo, las denuncias de violencia de género en los puntos y el cansancio que hay ante la normalización de los bloqueos. No nos gusta contar mentiras, pero tampoco nos gusta atacar el esfuerzo de la gente con argumentaciones sacadas de un escritorio en Bogotá o de un gabinete en Cali. Y bueno, basta de disculpas… a lo que vinimos.

Como lo dijimos arriba, estuvimos en Puerto Resistencia -PR- la semana pasada, siendo testigxs y partícipes de reuniones,  charlas, riñas, eventos, inauguraciones, encuentros, desazones, frustraciones y éxtasis. Como otras semanas en el Paro, fue movida, cargada de sucesos, algunos una chimba, otros no tanto.

¿Por dónde empezó? Aunque no fue un lunes, opino que la semana empezó con la llegada de la tan esperada CIDH a Cali, el miércoles 9 de junio. Un suceso que estuvo marcado por la presencia de distintas organizaciones y la población en general a las afueras del Hotel Torre de Cali. Se hizo el performance más doloroso que hemos visto en años: muchas personas se postraron en el suelo con su silueta pintada en el asfalto con pintura blanca simbolizando a nuestrxs caídxs, algunxs sobre una bandera de Colombia manchada de rojo sangre, bajo la lluvia fuerte de esa tarde tan fría como el criterio del policía que dispara a un/a manifestante sólo por seguir una orden, por rabia o por ganarse la papita. Hubo fiesta, pero la fiesta propia de un pueblo que se rehúsa a ver en la muerte el final de una vida o el final de una lucha. Hubo alabaos, hubo velatón, hubo grito, hubo rabia, hubo lágrimas, hubo dolor en el pecho, hubo baile bajo la lluvia. Nos íbamos del hotel ese día con la sensación de que ni con arte multitudinario y música en el alma se nos escucha, pues supimos que la CIDH atendió primero a las instituciones de control gubernamentales con sus cifras acortadas, con su discurso de que “los bloqueos son ilegales”, y hubo descrédito a lo que las víctimas y las organizaciones de DDHH manifestaron. “Cómo seguir”, me preguntaba caminando bajo la brisa helada que baja de los Farallones cuando llueve en la Sucursal. Esa noche, atacaron el punto de Puente de las Mil Luchas, con la excusa de que “vándalos” habían querido destruir la estación del MIO de Andrés Sanín. Más de 30 heridxs por arma de fuego y dos muertos por tiros de fusil. Un joven se reportó como desaparecido, mientras una vecina denunciaba haber visto cómo los policías le prendían fuego a un joven y lo lanzaban al caño.   ¿Su    nombre?    No    lo    sabemos.

¿Investigación  sobre  su  caso,  su  cuerpo encontrado? Nada.

Y aquí empieza la historia en PR, pues al otro día, el jueves 10 de junio (mientras el ESMAD y la Policía hostigaban la Loma de la Dignidad y Meléndez en la mañana), tuvimos una visita muy esperada en el pedazo y en nuestros anhelos. Amigxs del norte del Cauca nos visitaron en PR, donde tuvimos una pequeña reunión con vecinxs del sector, jóvenes de la primera línea de PR, Punto Maderas, Apocalipso, Samecultura, Mil Luchas, Portada a la Libertad, Meléndez y Siloé; estuvimos colectivos de DDHH; colectivos de arte, colectivos de comunicación alternativa y, bueno, todx la/el que quisiera acercarse era bienvenidx. Como dicen lxs hermanxs Nasa: es una lucha de todos y todas. Nos compartimos lisonjas y admiraciones mutuas: nosotrxs les admiramos por su lucha y organización milenarias; ellxs admiran a PR y a Cali por su aguante de semanas. Fue muy lindo escucharles decirnos que nos extrañan, que lloran nuestrxs muertxs, que piensan en nosotrxs todo el tiempo, que quieren ayudarnos. Fue esclarecedor ver cómo otros puntos que parecen acabados o levantados se están pensando barrio adentro, loma adentro, minga adentro, Paro adentro. Fue chocante para varixs el que se quisieran dar fórmulas únicas de cómo seguir la lucha, de por qué se deben levantar los bloqueos, de “lo poco inteligente que es ponerle muertxs al uribismo”. Lxs muchachxs expresaron una verdad que se levantó en ese momento sobre el quórum, como poco a poco se iba levantando el monumento a lo lejos: “nosotrxs no teníamos nada antes del paro, ni estrategias académicas, ni comida en la mesa; no le ponemos muertxs a nadie, aguantamos en el punto porque aquí nos hemos sentido segurxs, porque el día de mañana levantamos y nos matan haciéndonos pasar por miembros de bandas y pandillas, normalizando nuestras muertes”. Es que la lucha ha sido muy distinta en los puntos: algunxs han levantado y bloquean intermitentemente; otrxs han creado bibliotecas y centros culturales; otrxs ven en la organización hacia adentro una respuesta; otrxs ven en el aguante obstinado una realidad abrumadora. Pero todxs sentimos que se ha aguantado demasiado, hasta el agotamiento.

El ambiente se iba caldeando, incluso entre los pelao’s del pedazo, que a lo lejos se daban en la jeta mientras le daban rienda suelta a su estrés y sus riñas del pasado, que entre tanto desgaste, surgen como problemas que no se han solucionado porque a la ciudad no le importa qué pasa en los barrios, porque “son gañanes y ya”. Dentro de la reunión la constante: nos quitábamos la palabra porque, en el fondo, nadie la tiene clara y no sabemos cuál es la fórmula para seguir. “Cómo putas le hacemos”, seguía preguntándome mientras escuchaba tantas ansiedades  juntas queriendo desbocarse cual cascada de escombros que arrastra el aguacero desde la montaña. Y entonces, lxs compas del Cauca nos muestran el camino una vez más: “La palabra debe ser respetada, debe ser caminada, debe ser paciente. No es fácil estar lejos de las comodidades por seguir una lucha en los cañaduzales entre balas de fusil, pero se sigue porque no es una lucha de un día, porque no es una lucha de unxs pocxs, involucra a toda la comunidad. Involucra a la persona en la olla, a la persona detrás del escudo, a la persona que enseña con la palabra, a la persona que está en casa pero aporta con insumos, a la persona que comunica, a la persona que atiende lxs heridxs…”. ¿Su enseñanza? La lucha es un camino largo, pero que se anda, que deja frutos, que logra victorias acá abajo. Un mayor miraba a un muchacho de primera línea mientras le decía “tranquilo, con amor y dulzura en la palabra”, y eso nos dio mucha alegría, mucha alegría. Sentí ganas de llorar de ver ese cariño desbordado y entregado sin cheque de cambio a ese muchacho anónimo que representa todo un barrio, todo un Distrito. Y verlo sonreírle de vuelta, bajando sus armas, calmando su rabia, me dio tranquilidad porque, después de todo, en la lucha todxs somos hermanxs, todxs hablamos un solo idioma: el aguante.

Una compañera de las Mil Luchas, acongojada por lo sucedido la noche anterior, agradeció esa palabra de ánimo y cariño. Siento que su dolor era muy grande, que tal vez nunca sanaría del todo, pero que era honesto su agradecimiento, porque cuando se mira a los ojos como lo hacen lxs compas del Cauca, la mentira y el miedo dejan de agobiarnos el alma.

No fue la escucha y la palabra dulce el único regalo que nos dieron ese día: nos propusieron un “acuerdo entre los pueblos, un acuerdo entre lxs de abajo”. Si el Gobierno nos incumple acuerdos, pues hagamos los acuerdos sin intermediarios, entre nosotros y nosotras. “¿Y si traemos comida para todxs? ¿Y si nos reunimos la guardia indígena, la guardia cimarrona, la guardia campesina y la primera línea? ¿Y si hacemos mercados solidarios en los barrios sin supermercados como el Éxito y Olímpica de por medio?”. Y sobre esa idea, esa propuesta, se movió la ilusión, se movió la reflexión y se respetó la palabra. Después de la reunión, lxs compas salieron para Punto Maderas y Apocalipso a poner la voz. No pude seguirlos, pues se me pinchó la cicla entrando al punto y, aunque la despinché, volvió a pincharse la otra llanta saliendo de ahí. Los que me despincharon, en ambas ocasiones, me expresaron que era por los vidrios que habitan el punto acompañando a la gente. Que eran daños colaterales del Paro. No me lo dijeron como reproche de lo que sucedía, siento más bien que me lo dijeron con el ánimo de aclararme que un territorio en lucha y sus habitantes son como la jungla y sus criaturas: hermosas, pero que saben sacar dientes y garras -o vidrios- para defenderse. Entendí que PR es como una planta de ortiga: es preciosa por sus colores y flores, pero sabe defenderse con pequeñas espinas que más que lastimar, enseñan y curan a largo plazo. No me molestó pincharme por vidrios en el piso, pues entendí que eran eso, pequeñas espinas, pequeñas agujitas hipodérmicas que me acercaron a los vecinos, que me enseñaron a ser paciente, que me enseñaron que la lucha no es para pasar en cicla como si fuera un sitio turístico. Me molestó y me dio gracia al mismo tiempo el entender que la pinchada no era culpa del Paro, sino mía, por terco… ¿Será que eso necesita el Gobierno y Colombia entera para entender, una pinchada?

Al día siguiente, decidí volver a PR, a ver qué marca había dejado la presencia de esa pequeña comisión del Cauca, a ver cómo seguían los ánimos después de las riñas internas en lxs chicxs de primera línea. Fui a hablar con una parcera que visita constantemente la biblioteca comunitaria Marcelo Ágredo, que antes había sido un CAI. Fui a ayudarle a la seño de la olla a cargar bultos y preparar hojaldras. Fui a montarme al techo del CAI para poder ver desde ahí ese brazo en alto que iba alzándose a pocos metros, bajo el trabajo incansable de obreros que salían del turno en sus trabajos construyendo los condominios de la gente rica en el sur de Cali, para llegar a poner su camello y sus manos a disposición de la ternura. PR es demasiado amplio, pues hay espacio para aquellxs que rezan, aquellxs que fuman marihuana (lejos de la biblioteca, eso sí), aquellxs que pican y cocinan, y aquellxs como ese señor, consumidor de basuco, que le camellaba desde las 6 de la mañana a la paleada de cemento con nada en el estómago producto de su embale por la base de clorhidrato, que le hacía derecho hasta las 3 de la madrugada y, sólo entonces, “almorzaba” y dormía, sólo para seguir de nuevo a las 6 de la mañana del día siguiente. Nos han acostumbrado a pensar que lxs adictxs a las drogas y lxs consumidorxs de marihuana y basuco no sirven en esta ciudad… Me reía al hablar con ese señor pensando en que han sido lxs consumidorxs de marihuana y basuco lxs que han aportado en las ollas, en los escudos, en las guardias, en la cargada de implementos, en la construcción de monumentos. No se trata de vanagloriar su situación o desconocer todos los debates y problemáticas de salud y seguridad productos de dicho consumo, pero tampoco queremos desconocer que detrás de un/a consumidor/a hay ideas, hay trabajo, hay una persona que opina, y a la que le duele esta situación. PR es un sitio de descanso para estas personas, que han visto en esta lucha la posibilidad de que su destino no se repita. “Yo quiero que haya educación, techo, comida y salud para las nuevas generaciones que vienen, porque yo no las tuve”, decía alguna vez un habitante de calle, habitante de PR, esquizofrénico, cuando el Canal Dos lo entrevistaba. ¿Que lxs adictxs no luchan? Díganle eso a ese señor que llevaba bultos de cemento a su espalda…

No pudimos volver al punto sino hasta el domingo 13 de junio. Y llegábamos con una mezcla de sensaciones, pues el día anterior se había hecho un evento en el Puente de las Mil Luchas en conmemoración a los caídos días antes en el sector de Andrés Sanín, que removía las entrañas; y recibíamos la mala noticia de la muerte de don Raúl Castañeda, campesino que llevaba una lucha de muchos años tratando de hallar justicia y verdad por la muerte de su hijo, un soldado asesinado en circunstancias extrañas después de negarse a participar de los mal llamados “falsos positivos” y denunciarlos. Una lucha digna que no paró ni con las prebendas que pretendieron hacerle, ni con las amenazas que recibió. Don Raúl enfrentó varias veces al innombrable en su finca y en eventos a lo largo del país, exigiéndole la verdad. Exigiendo justicia. Y con esa desazón en nuestros pechos, pero al mismo tiempo con mucha ilusión, entendíamos que ese día era especial para la ciudad y para el país: el puño, el monumento en PR, se inauguraba con un cacerolazo sinfónico en el que invitaban a toda Cali a hacer presencia.

Y la ciudad cumplió la cita. Hacía varios días que PR no recibía a tanta gente. Fuimos llegando desde muy temprano, al igual que lxs vecinxs, defensorxs de DDHH, comunicadorxs alternativxs, artistas locales, organizaciones de mujeres, delegaciones de varios cabildos que hacen presencia en la ciudad, madres, niñxs, padres, abuelxs, y gente de otros puntos y hasta de otras ciudades. A la vuelta, otros colectivos del barrio llevaban actividades con lxs vecinxs, mientras otrxs armaban un toque de punk al lado de la brigada médica, mientras otrxs armaban una ronda de música folklórica y tambores. PR es demasiado amplio y multicolor como para reunir una sola fiesta, sino más bien hay muchas fiestas que han aprendido a convivir entre ellas. El cacerolazo fue un éxito y mientras escuchábamos los coros, los vientos y las percusiones juglares, veíamos caer los trapos, veíamos desmontar los andamios, veíamos a ese loquillo con bandera blanca ondeándola desde lo alto de ese puño que clama “RESISTE”. Presenciamos cómo lxs niñxs dejaron su marca en la base de dicha mano: muchas manitos sosteniendo esa mano gigante, enorme, de 10 metros que parecían mil, y que, al igual que otros monumentos parecidos a lo largo y ancho del globo, se alzaba contra la maldad, la desinformación y la mentira, para decir junto a don Raúl: “YO NO QUIERO MIGAJAS, YO QUIERO LA VERDAD”…

Qué decirles que no haya sido dicho antes… Sentimos mucha alegría, muchas ganas de llorar de felicidad, sentimos que hacíamos parte de algo enorme para la memoria colectiva de Cali. Sentimos que éramos una “nación independiente” y que PR era su capital. Sentimos que esa narrativa esotérica de Cali capital de la salsa, rumbera y dulcera, moría para darle paso a otra mística distinta: Cali, Sucursal de la Rebeldía; Cali, Capital de la Resistencia; Cali, hito del aguante colombiano, frente de lucha popular; Cali, monumento a las víctimas… Ese día nació otra ciudad, ese día, después de 485 años desde su fundación por Sebastián de Belalcázar moría esa Cali de monumentos anacrónicos e infames, y nacía la Cali negra, india y mestiza que resiste la injuria y la desigualdad, que levanta manos que le recuerdan al transeúnte lo que le da sentido a la vida: RESISTE… Ese día, entre ollas, talleres, cine a la calle, fotos, música, declamaciones de mujeres y niñas organizadas, fuegos artificiales y pintura fosforescente, nacía otra Cali, nacía la Kali, diosa de la rebeldía latinoamericana, hermana del Buziraco altanero, madre de todas las diásporas, hija de la palabra, el canto y el fuego. Ese día fue especial para todas las personas que hemos vivido este Paro en carne propia, ese día fue especial para todxs lxs que han dejado la vida en la lucha… Ese día fue por Nicolás Guerrero, por Marcelo Ágredo, por Jovita Osorio, por Katherine Soto, Dylan Cruz, Jhonny Silva, Jhonatan Landines, Cristian Sánchez, por Erick, Beatriz Cano y don Raúl Castañeda… Porque su recuerdo nos empuja cuando estamos tristes, porque su ejemplo nos impulsa y nos recuerda que el cansancio no es nada cuando la infamia es mucha.

¿Qué quedó después de esa noche? De nuevo, sentimientos encontrados, una montaña rusa a la que, desgraciadamente, nos hemos ido acostumbrando: mataban a Junior Jein, “el señor del Pacífico” en la madrugada, al parecer por una extorsión que se negó a pagar. No nos dejaban estar felices ni un momento, pensábamos mientras sentíamos la pesada congoja que nos aplastaba. Buenaventura perdía un hijo pródigo que la quería, la defendía y denunciaba todo maltrato sistémico contra sus habitantes, que son lxs mismxs habitantes de ese Distrito gigante y olvidado. Al día siguiente, salía una multitud en su caravana de despedida, mientras nos seguíamos preguntando: “¿Cómo putas seguimos, cuando no nos dejan celebrar ni un día?”.

Ese mismo lunes 14, día festivo, pudimos ver la presentación de un documental llamado “Una familia colombiana”, que muestra la realidad íntima de una defensora de DDHH y lideresa sindical y campesina, doña Ruby Castaño, en la Loma de la Dignidad. Veíamos cómo es vivir bajo amenazas, con el recuerdo de lxs amigxs asesinadxs, de las tierras despojadas, de las aberraciones cometidas contra su cuerpo y su vida; veíamos la dignidad tan enorme que hay detrás de quien dice que no se va del país aunque su hija y nieta estén en el exilio, y no se va porque “hay mucho por hacer con las comunidades”. Nos alegró verla ahí, en la presentación, charlar con ella, escuchar sus historias, sus mensajes de apoyo. Escuchar que en Bogotá nos atesoran, nos tienen orgullo, nos acompañan y defienden, nos dio mucha ternura. Escuchar que en el Portal de la Resistencia en Bogotá pusieron la inauguración en pantalla gigante mientras muchxs lloraban al ver el Monumento a la Resistencia, nos dio mucha felicidad. Tanta, que al otro día, y con el miedo de no tener su esquema de seguridad -“mi seguridad es que nadie sabe que estoy en Cali”-, la llevamos a que conociera el Monumento.

¿Qué les puedo decir? Fue un encuentro de generaciones de lucha, fue un encuentro de pueblo con pueblo como nos propusieron días antes lxs compas del Cauca. Lxs muchachxs de primera línea la recibieron, la escucharon, atendieron su mensaje de aguante y de lucha, lloraron con ella, la abrazaron sin miedo al covid porque qué miedo nos va a dar ese bicho en un país como el nuestro. Ella saltó entre lágrimas de alegría al ver PR, al ver las barricadas -“así no es en Bogotá”-, abrazó con toda su fuerza al Monumento, le lloró, lo renombró como “Monumento a las Víctimas de Estado”, se tomó fotos con él, videos, no le importó las brechas de seguridad que ello implicaba, gritó extasiada: “¡Gracias Cali por tanto, por no aflojar ante la violencia, por seguir a pesar de lxs muertxs, por esculpir y levantar el orgullo!”… Mientras ella bailaba extasiada, pudimos hablar con una vecina que nos decía que se sentía muy orgullosa de que tan sólo en días se levantó el monumento, sin contratos multimillonarios, sin intermediarios, sin desfalco público, sin corrupción administrativa, sin mentiras ni promesas incumplidas… Mientras ella bailaba, pudimos ver al señor fumando su pipa improvisada mientras le susurraba al Monumento con una sonrisa que evidenciaba la satisfacción del trabajo realizado.

Ver a doña Ruby y a las vecinas celebrando el Monumento, nos hace pensar que todavía hay mucho que construir, pues no está de más decir que extrañamos la representación de colectivos afro y de diversidades sexuales en su lienzo comunitario. Suponemos que es parte de las luchas que hay que seguir caminando, parte de las estructuras que hay que seguir desmontando: el racismo y las discriminaciones de género son un tema que han atravesado la historia de esta ciudad, y es tarea del nuevo movimiento popular nacido el 28 de abril el empezar a transitar esa senda andada por muchas, y el empezar a desalambrar los pensamientos, prejuicios y el corazón mismo de tantas violencias invisibles. Esa es otra enseñanza que hemos adquirido de nuestrxs hermanxs Nasa: la liberación también va por dentro y pasa por destruir costumbres racistas, patriarcales, clasistas, xenófobas y ladinas. Después de esta experiencia, sentimos que eso no está tan poco tan lejos o es tan descabellado, al fin y al cabo, este Monumento le ha demostrado al barrio que puede construir y levantar más… y hay un monumento a la capucha que lucha, en espera…

Al final, antes de irnos, supimos de la noticia de la jueza Maria del Mar Machado derogando el Decreto 0304 entre la Alcaldía y la Gobernación con la URC, y escuchábamos un último consejo de doña Ruby: “Hagan caso omiso, el poder judicial no es superior al poder popular. Sigan denunciando que la lucha es de largo aliento”. Y entonces vimos un pequeño destello, un esbozo de respuesta a esa pregunta de cómo seguir, cómo hacerle. Simple de enunciar, difícil de realizar: seguir en la lucha, seguir encontrándonos, seguir rompiendo barreras de clase, barreras de regionalismos, olvidarnos de viejas estructuras machistas y racistas, seguir escuchándonos, seguir caminando la palabra, con paciencia, pero con dignidad y orgullo. Doña Ruby se fue de Cali, la esperaban sus escoltas en el aeropuerto El Dorado. Pero esa experiencia me abrió los ojos de por dónde puede seguir la vuelta: hacia adentro, hacia el fortalecimiento de las nuevas redes creadas en estos dos meses de aguante, redes campo-ciudad, minga-barrio, universidad – calle, negritudes – feministas, brigadas médicas-DDHH, medios alternativos-redes sociales, ciudad-país…

Después de todos esos sucesos, las cosas no se han calmado: en Paso del Aguante hubo enfrentamientos, donde murió Juan David Muñoz; Siloé se fue “Paro Barrio Adentro”; las estaciones del MIO de Meléndez y Univalle son lugares de arte; las bibliotecas comunitarias Marcelo Ágredo y Nicolás Guerrero siguen en la lucha y en la construcción; en Punto Maderas hay muchos actores intentando asesinar a lxs pelax’s; en PR han hostigado con fusiles, con armas de fuego, con gases lacrimógenos… Un día antes de ser escrita esta crónica, el Canal Dos informaba sobre bebés siendo asfixiadxs por los gases, uno de ellos, de tan sólo 18 meses, perdía la vida…

¿Cómo seguir? ¿Cómo putas hacerle a esta vaina? ¿Con bloqueos, sin ellos? Después de escribir esto, sentimos que no hay una respuesta clara, concreta y de fácil implementación. No la queremos dar tampoco, pues si la lucha ha sido multicolor, las respuestas también deben serlo. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que debe ser con organización barrial, con ollas comunitarias, con encuentros entre las luchas, con saludos entre regiones, con un horizonte de autonomía popular que ya no pide migajas ni acuerdos con el Estado, sino que busque reformarlo todo, desde abajo, cambiándolo todo, derrumbando lo viejo y quemándolo, y dándole paso a ideas nuevas, descabelladas, utópicas…. como el Monumento mismo.

Nos despedimos por ahora. Pero no es el fin de esta historia, aunque el Paro acabe mañana. Cali no será la misma, tampoco PR ni los barrios que presenciaron ese despliegue, ese abanico de colores, sueños y propuestas. Lxs muertxs tienen su panteón ahora, las víctimas ya no están solas. Las calles se pintan de graffitis que cantan más verdades que El País o El Tiempo. Los carteles cuentan más realidades que Semana o El Espectador. Y la gente nunca olvidará lo que ha vivido Cali en estos dos meses. El barrio no olvidará nunca de lo que es capaz, y esta generación hermosa ya no aguantará ni un minuto de soledad en esta tierra, porque hoy no habrá ni un solo instante, ni un solo segundo de silencio…